UN ESPACIO PRIVILEGIADO

La vid es una planta fuerte y vigorosa, con gran capacidad de adaptación a distintas variedades de clima y de suelo. No obstante, los mejores vinos del mundo tienen en común haber sido elaborados a partir de uvas cultivadas en unas determinadas condiciones de humedad, temperatura y en unos terrenos que favorezcan el crecimiento de las viñas. La calidad de las uvas, el grado de maduración que alcancen y el momento preciso en que sean vendimiadas son cuestiones que repercutirán muy directamente en la apariencia, los aromas y en la estructura final que presenten los vinos al descorcharlos. Por eso, para nosotros, es tan importante trabajar en el Somontano, junto al río Vero.

Nuestra comarca, como la mayoría de las más apreciadas en el mundo de los vinos, posee unas condiciones climáticas y de terrenos muy favorables para el cultivo. El Vero, el influjo de los Pirineos y una pluviometría anual de 600 mm. proporcionan unas circunstancias naturales sobresalientes para el desarrollo de la vid. Con unos 11 grados centígrados de temperatura media anual, inviernos relativamente extremados y veranos cortos y suaves, la propia naturaleza otorga los principales ingredientes para unas cosechas de gran calidad.

No existe un clima ideal para todas las uvas y vinos, pero sí una combinación de factores que propicia que los frutos puedan dar de sí todo su potencial. Es una serie de accidentes climáticos, una secuencia de hechos que deberían producirse durante los doce meses que transcurren entre vendimia y vendimia para obtener los resultados idóneos. Por ejemplo, una de esas circunstancias es que los inviernos deben ser fríos para garantizar el reposo de las yemas y la erradicación de los insectos predadores de la vid. También ayuda que esa estación no sea muy lluviosa, al contrario que la primavera, que ha de ser húmeda, caldeada paulatinamente y, sobre todo, sin heladas tardías, que podrían frustrar la cosecha una vez que han brotado las cepas.

El mes de junio no debe ser muy húmedo para favorecer la floración de los racimos y el verano ideal sería aquel que resultara cálido, con noches frescas y mediodías soleados y secos. Aunque resulta positiva alguna lluvia escalonada, su exceso, así como la aparición de rocíos matinales, podrían propiciar la aparición de enfermedades dañinas. En otoño, la mejor combinación es la ausencia de precipitaciones, con unos días largos y cálidos que posibiliten la perfecta maduración de las uvas y su posterior vendimia.

El Somontano posee habitualmente la mayoría de esos parámetros climáticos, lo mismo que ocurre en otras zonas de gran prestigio vitivinícola como la Rioja Alta, el Valle del Ródano (Francia) o el de Napa, en California (USA).

La vid, como ya hemos dicho, se adapta a las más diversas condiciones y terrenos. Sin embargo, para obtener grandes vinos de nuestras viñas, tendremos que evitar situaciones extremas y plantarlas en los terrenos más apropiados. A grandes rasgos, ese suelo ideal es aquel que posee un buen drenaje en su parte más superficial. De esta forma, evitaremos encharcamientos y conseguiremos suficientes reservas de agua en el subsuelo. Una capa superficial compuesta por arenas y gravas y un subsuelo arcilloso son garantía de un buen desarrollo de las vides. Por descontado, el terreno debe tener una composición mineral rica para que aporte a la planta los nutrientes que necesita.

Los terrenos ondulados del Somontano, con suelos pardos, calizos, muy permeables, ya permitieron a nuestros antepasados conseguir vinos muy notables con las variedades típicas de la comarca: Moristel, Macabeo y Tempranillo. A nosotros, nos han brindado la posibilidad de enriquecer esa tradición con cepas de otros tipos de uvas, los más reconocidos por los amantes de los buenos vinos, adaptados a la perfección en nuestros viñedos.